Escribe Tolstoy: “Me siento en la espalda de un hombre, asfixiándolo y obligándolo a cargarme, y sin embargo me aseguro a mí mismo y a otros, de que me siento muy mal por él y quisiera aligerar su carga por todos los medios posibles --- con la excepción de bajarme de su espalda”. Así funciona la hipocresía; como el tributo que el vicio le rinde a la virtud. Así actúan los hipócritas; esos que tocan una canción pero bailan al son de otra. Demostrando que censuran lo que practican y practican lo que censuran. Andrés Manuel López Obrador y Roberto Madrazo, tan diferentes en la percepción que tienen de sí mismos y tan parecidos en el momento de seleccionar candidatos para sus partidos. Tan contrastantes a la hora del mensaje y tan similares cuando tienen que escoger a los mensajeros.
La aprobación reciente de la Ley Federal de Radio y Televisión, con el enorme desaseo consiguiente y el momento inverosímil y muy previsible (no hay contradicción en lo anterior) de la rendición ante los poderes mediáticos de una mayoría senatorial, obliga a reconsiderar el trabajo de los medios electrónicos en la sociedad mexicana. En otras entregas me referiré a las estaciones culturales y las radios comunitarias. Ahora me concentro en la radio comercial en estos años. “¿Cómo dijo usted que se llama el Presidente de la República?”. En su segunda etapa, en México y en América Latina, además de la difusión de la música, la radio cumple distintas funciones: — Expande sin cesar el universo de las compañías disqueras. — Renueva a su personaje central, el locutor que conversa, improvisa atmósferas verbales, recita, hace bromas, y se vuelve el amigo literal de los cientos de miles de automovilistas, ese conjunto de reos que agradecen los estilos confianzudos y autocelebratorios. Si se piensa en el locutor de 1938 ó 1947, que le encarga a su voz engolada la respetabilidad incontestable (“no tiene la menor importancia”, es la consigna del actor Arturo de Córdova que se inicia como locutor en la década de 1930), se apreciará mejor el desenfado o, si se quiere, la desfachatez de los nuevos locutores que, a semejanza de los discjockeys de Norteamérica, forjan un estilo de alegría convincente. Ya están al tanto: La solemnidad aleja y aburre. — Se fomentan públicos decididamente sectoriales. Esto hasta cierto punto es novedad. Antes, se congrega a la gran familia mexicana, pero ya en 1960 esa familia está concentrada ante la televisión (hasta que cada integrante posee su aparato), y los empresarios radiofónicos buscan la especialización por edades, clases sociales y regiones. No se sobrevive de otro modo. — A la expresión tantas veces enunciada sin convicción: “Darle voz a quienes no la tienen”, responden en el país diversos programas radiofónicos, que utilizan la tradición (las peticiones al locutor, las horas de “teléfono libre”), y le dan a los deseosos de intervenir desde afuera en los asuntos públicos la gran oportunidad: Su voz, transmitida por la radio, les devuelve la identidad perdida o jamás adquirida, la del ciudadano vigilante. Al hablar, el participante autentifica con su propia voz lo que más le importa: Denuncias, protestas, quejas, resentimientos antipoliciacos o antigubernamentales, ideas en torno de la existencia, historias personales. — La radio le infunde a sus escuchas la sensación de la voz recuperada o por vez primera obtenida. Si entra su llamada, el oyente obtendrá esa “carta de ciudadanía” que es la reclamación de los derechos. No estamos, aunque podría parecerlo, en un desahogadero, la trampa catártica colocada por seres maliciosos. Quien llega al extremo de llamar para pelearse o demandar al margen de las represalias posibles, ha requerido de una dosis de valor civil. No porque se arriesgue sino porque no le importa hacerlo. Y al afirmar su posición ante el auditorio invisible, el radioescucha se compromete a seguir el desarrollo del tema/problema que le aflige por lo menos durante un mes, tiempo récord si se atiende a la desaparición de las noticias en un horizonte informativo tan variado. Inesperadamente, en medio del imperio de la televisión, la radio se transforma entre 1970 y 1990 (un periodo aproximado) en un derecho de la sociedad. De allí se extrae a diario información copiosa sobre atropellos a la ciudadanía, fallas orgánicas de la ciudad, represión policiaca, puntos de vista sobre la deuda pública o el concepto de escándalo o la corrupción de los poderosos. Un sector muy vasto incorpora su voz al ámbito público así sea por un minuto y observa “desde fuera” la índole de su pensamiento y las trabas de expresión (por timidez, falta de conocimientos o censura interna), y advertir las coincidencias y advierte cuánto se parece y cuánto se distancia de sus iguales.
El 10 de marzo de 1991, cuando por decreto de ley se creó la Procuraduría de los Derechos Humanos y Protección Ciudadana del Estado de Baja California (PDH), en concordancia con las reformas constitucionales que establecían el mandato a las entidades federativas de crear organismos públicos de protección de los derechos humanos (artículo 102, apartado “B” de la Carta Magna), corría el gobierno de Ernesto Ruffo Appel, primer gobernador de oposición en el País. Ante la necesidad de legitimarse y fortalecerse, se negociaron acuerdos con otras fuerzas políticas y sociales del Estado para garantizar la gobernabilidad. En el caso de los derechos humanos, Ruffo estableció un acuerdo no escrito de que esa posición era propuesta en el Congreso local por el Partido de la Revolución Democrática (PRD).
Vista del Ángel de la Catedral Poblana, en la ciudad de Puebla, que ayer 16 de abril, celebró el 475 Aniversario de su fundación. Consumada la conquista Española en el primer tercio del siglo XVI, se funda la ciudad Puebla de los Ángeles en un valle denominado Cuetlaxcoapan, el cual se ubica a 120 kilómetros al Sureste de la capital mexicana, rodeado de los volcanes Popocatépetl, Iztaccíhuatl, Pico de Orizaba y “La Malinche”.