Un gigante despertó y muchos están preocupados. Cientos de miles de personas, en su mayoría migrantes indocumentados, han salido a las calles durante los últimos días para hacerle notar a la población y el gobierno de ese país que ahí están, que no son delincuentes, que están unidos y que las decisiones unilaterales tomadas por algunos funcionarios no serán aceptadas por una minoría que por décadas ha permanecido prácticamente en silencio, pero que ahora levanta la voz.
La lucha del inmigrante mexicano en los Estados Unidos comenzó hace mucho tiempo. Es una lucha por la vida, por la sobrevivencia. Su origen data de cuando la Revolución Mexicana se hizo gobierno y se volvió demagogia, corrupción, botín de unos cuantos, traición y hurto de los ideales primigenios que motivaron ese gran movimiento social. Así, los hijos del fracaso agrario, del espejismo del desarrollo estabilizador y del neoliberalismo, por más de setenta años, han abandonado su tierra, su familia, su hogar y su patria para buscar en otra parte el sustento de la vida. Para lograrlo, han de iniciar un recorrido casi épico. Primero, reunir el dinero para pagar a los coyotes o enganchadores que les prometen “cruzarlos” al “otro lado”, o de plano se vienen a la frontera a la buena de Dios y “…a ver cómo se brincan el cerco”.