COLUMNAS
POSTIGO
Costosos, tramposos y facciosos

Cualquier causa relacionada con lo electoral tendrá como efecto en el corto, mediano y largo plazo la toma y aseguramiento del poder lo que significa, en términos precisos, que un gobierno proveniente de procesos comiciales usurpados o desprovistos de libertad para participar resultarán aparentes, dejando la representación ciudadana en manos de pandillas que políticamente serán escoltas de la clase potentada.

Sin negar que toda regla tiene rarezas, históricamente en México el derecho a elegir se ha determinado a través de una democracia burguesa o conservadora de corte fetichista (superstición de creer que nuestros votos cuentan) o, en su defecto, venerar la pantomima electorera protagonizada por candidatos, partidos, discursos y otros objetos de culto e idolatrías que una vez decididos (los vencedores) descolgarán a los espíritus malvados colocando en su lugar a los duendes que traerán la mejor de las suertes que, si por azares del destino no sucediera el milagro, habrá que soportar, resignarse sumisos, aguardar pacientemente los comicios pendientes que ¡ahora sí! esta será la vencida, pues por algo no dejamos de leer y escuchar a tanto chismoso-morboso recetando consejos o formulando adivinanzas sobre alianzas, ganadores, perdedores, tapados y destapados, como si en realidad del sufragio e intervención ciudadana dependiera determinada representación popular.

Por eso la ofensiva del aparato ideológico y propagandístico gobiernista desencadenado en cada coyuntural “fiesta electoral democrática” se inventa, reinventa y fantasea a sí misma fraguando el maravilloso porvenir que le espera al pueblo al momento de empadronarse, acudir a la casilla, cruzar la boleta y sepultarla en el ataúd o urna que luego la mafia sentenciará qué sufragios incluir, cuántos restar y cuáles embalsamar en espera de incinerar después: antiguo y conocido ritual electoral operado y practicado desde la consumación de la Independencia, legitimador de las frecuentes presidencias de López de Santana, las reelecciones de Benito Juárez y, por supuesto, las votaciones periódicas que durante décadas dieron vida a la dictadura de Porfirio Díaz.

Antecedentes funestos de los cuales se valió la insurrección antipofirista cuyo estandarte exigió el “sufragio efectivo” aunque, ironías de la historia, los gansters posrevolucionarios nada hicieron para desmantelar, rebasar y enterrar la forma y contenido electoral antes predominante, al revés, las camarillas obregonistas-callistas (abuelos del priato) a pistolasos y corruptelas ahondaron y ahogaron, inclusive en sangre, cualquier deseo para ejercer elecciones libres. Y aún peor: con el “cachorro de la Revolución” en la presidencia de la Republica, Miguel Alemán, se instauró el crimen organizado conformado por políticos-empresarios delincuentes, malhechores y rapaces, donde la corrupción y la impunidad han venido regulando el estado actual de las cosas.

Por eso el sucio sistema mexicano no quiere ni puede dar cabida a comicios limpios por más avanzados, modernos, vigilados, fiscalizados, etcétera, que luzcan sus órganos y reglamentos, ya que por encima de aquella real o supuesta valoración se imponen las prácticas y dictámenes de la mafiocracia.

No es lo mismo hacerles el juego… que jugársela.

* El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.

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