COLUMNAS
MAR DE FONDO
México: Violencia desbordada

El paisaje del México actual está cargado de imágenes apocalípticas, producto de la violencia incontrolable que se ha apoderado desde las grandes ciudades del país hasta los pueblos más apartados. Es una violencia que viene de la densidad que ha cobrado el crimen organizado y todo tipo de bandas delictivas, pero también proviene de otros fenómenos que no se asocian en la opinión pública.

Pensemos, por ejemplo, en el incontrolable problema de la corrupción que invade todas las esferas de los gobiernos y las instituciones, y que permea al conjunto de la sociedad. La corrupción de casi 30 de 32 gobernadores en todo el país, muchos de ellos acusados de tener vínculos con el crimen organizado o de hacer negocios ilícitos y desviar recursos de los gobiernos.

Pensemos en los estados y municipios que llevan años asolados por las bandas delictivas, que controlan a las autoridades e imponen sus reglas a toda la población. Estados como Tamaulipas, Guerrero, Veracruz, Michoacán, Sinaloa y el Estado de México, por mencionar sólo algunos. Años metidos en la violencia y en la indefensión, con gobiernos impotentes o coludidos.

Veamos esos enormes contingentes de población que se desplazan huyendo de la violencia en sus lugares de origen, que se agregan a las corrientes de migrantes que tienen que irse para conseguir un empleo y buscar una mejor oportunidad de vida. Cientos y miles de personas que huyen de la pobreza en que han nacido y no tienen visos de encontrar una salida algún día.

Veamos cómo la unidad básica de cohesión social que antes estaba formada por la familia se ha roto completamente, o se ha deteriorado por las crisis económicas sucesivas del país, que ha desaparecido miles de empleos y ha desplomado los ingresos de los trabajadores. Es una violencia invisible, pero ahí está, fracturando los lazos familiares y la posibilidad de construir comunidades.

Revisemos la vida en las grandes urbes, en las medianas o en las pequeñas, para comprobar cómo se ha deteriorado como nunca antes, con excepción de algunos pequeños pueblos que conservan su tranquilidad. El transporte colectivo es un infierno, los servicios públicos son caros y deficientes, los hospitales están saturados, las escuelas públicas y privadas son de baja calidad, y en términos de seguridad no hay nadie que nos la garantice ya sea en la calle o en nuestra propia casa.

Si fijamos nuestra mirada en el gobierno, ya sea el federal, estatal o el municipal, es en casi todo el país un foco de problemas, una esfera de escándalos, con una marcada ineptitud para enfrentar los problemas más elementales de las ciudades. Son gobiernos que desde hace años no funcionan.

Llevamos casi 30 años así, desde principios de los 80, pero especialmente desde el salinato, cuando se introdujeron por las élites políticas y económicas las recetas dictadas por el neoliberalismo y la globalización que, entre otras cosas, desmantelaron radical y salvajemente el “Estado social” que bien o mal servía de piso básico para la sobrevivencia de miles de familias.

La modernización que buscaba el neoliberalismo ha terminado por destrozar al país, pues lo que vemos desde entonces es el debilitamiento de las instituciones, el aumento de la corrupción, el empobrecimiento de las masas, el deterioro de la educación, la mala calidad de los servicios de salud, pero sobre todo el surgimiento de la violencia asociada al crimen organizado.

Algunos analistas le han llamado a todo esto un “Estado fallido” para explicar la situación de México. Otros se refieren a un “narcoestado”, es decir, un Estado infiltrado por el crimen organizado en casi todas sus esferas, con gobiernos coludidos o impotentes para enfrentar la situación.

Sin embargo, lo cierto es que la violencia que hoy se extiende por toda la superficie del país está asociada a la debilidad del Estado y de los gobiernos, así como a la fractura social que se ha producido en los últimos años producto de la pobreza y la desigualdad. Lo que hoy vemos es un país desintegrado, un país roto, como lo definió alguna vez el sociólogo Sergio Zermeño.

Los periodistas que caen abatidos en esta confrontación son aquellos que en una acción heroica investigan y difunden lo que el gobierno se niega a hacer. Son las víctimas, entre muchas otras, que intentan registrar o impedir que sea esta barbarie y la impunidad las que terminen por gobernar este país.

El autor es analista político.

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